En un país en donde el mismo tribunal es capaz de excarcelar al etarra más sanguinario y buscarlo pocas horas después, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que la misma ministra vende armas a un dictador y luego lo combate a sangre y fuego, puede pasar cualquier cosa. En un país en donde el mismo ministro que critica las prejubilaciones las aprueba en el BOE, puede pasar cualquier cosa. El mismo país en el que los sindicatos montan huelgas y ponen el cazo para cobrar la subvención, puede pasar cualquier cosa.
En un país en el que el Gobierno critica los Eres de las empresas con dinero privado y aprueba los de cajas de ahorros con dinero público, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que paro llega a los cinco millones y el ministro de Trabajo echa la culpa a la población activa, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que se critica a los banqueros y luego se ayuda a la banca, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que el sistema financiero es el más sólido de Occidente y luego no supera los test de estrés, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que las películas que menos se ven son las que más cobran, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que el que es más fácil aprobar y hay más suspensos, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que no se cobran las facturas y hay que pagar el IVA, puede pasar cualquier cosa.
En un país que se aprieta el cinturón y se mantienen 17 reinos de taifas que gastan a manos llenas, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que se debate el copago en la sanidad y se regalan medicinas sin recta, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que los pobres pagan las energías renovables de los ricos, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que no existía la crisis y hoy no salimos de ella, puede pasar cualquier cosa. En un país en el que a pesar de todas estas evidencias Zapatero ha ganado dos veces, puede pasar cualquier cosa. Valle Inclán no tendría mejor argumento.
Artículo de Jesús F. Briceño publicado en el diario LA GACETA (Madrid), el 21 de abril de 2011

Lo más llamativo de la protesta de los autónomos contra el Gobierno es que ha salido a la calle gente que no lo había hecho nunca. Ciudadanos honrados que pagan sus impuestos, madrugan para abrir la tienda y se acuestan tarde colocando la mercancía. Profesionales que han levantado sus empresas con gran esfuerzo y que conocen por su nombre a cada trabajador que han empleado. Los autónomos constituyen la primera multinacional de España y si cada uno pudiera crear un puesto de trabajo no sólo se absorbería todo el paro actual, sino que se crearía un millón más. Los autónomos no encajan en ninguno de los planes diseñados por el Gobierno, ni son banqueros ni pobres de solemnidad, pero pueden llegar a serlo porque han invertido todo su patrimonio. La semana que viene tres millones de autónomos se enfrentan a sus declaraciones de IVA, nuevo modelo 303, teniendo que ingresar en Hacienda un 16 por 100 de facturas que no han cobrado y que quizá no cobren nunca, entre ellas deudas de la Administración por más de 5.000 millones de euros. Los autónomos no tienen vacaciones, no enferman y no se pueden jubilar hasta los 65 años. Lo que tanto temía el Gobierno ya se ha hecho realidad y la protesta ha llegado a la calle. De momento son pequeñas manifestaciones, pero cuatro millones de parados no se pueden ocultar debajo de la alfombra.

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