Lo más llamativo de la protesta de los autónomos contra el Gobierno es que ha salido a la calle gente que no lo había hecho nunca. Ciudadanos honrados que pagan sus impuestos, madrugan para abrir la tienda y se acuestan tarde colocando la mercancía. Profesionales que han levantado sus empresas con gran esfuerzo y que conocen por su nombre a cada trabajador que han empleado. Los autónomos constituyen la primera multinacional de España y si cada uno pudiera crear un puesto de trabajo no sólo se absorbería todo el paro actual, sino que se crearía un millón más. Los autónomos no encajan en ninguno de los planes diseñados por el Gobierno, ni son banqueros ni pobres de solemnidad, pero pueden llegar a serlo porque han invertido todo su patrimonio. La semana que viene tres millones de autónomos se enfrentan a sus declaraciones de IVA, nuevo modelo 303, teniendo que ingresar en Hacienda un 16 por 100 de facturas que no han cobrado y que quizá no cobren nunca, entre ellas deudas de la Administración por más de 5.000 millones de euros. Los autónomos no tienen vacaciones, no enferman y no se pueden jubilar hasta los 65 años. Lo que tanto temía el Gobierno ya se ha hecho realidad y la protesta ha llegado a la calle. De momento son pequeñas manifestaciones, pero cuatro millones de parados no se pueden ocultar debajo de la alfombra.
Artículo publicado en el Diario La Razón por Jesús F. Briceño, el día 27 de marzo de 2009
Confieso que soy incapaz de sumar la ingente cantidad de dinero que los americanos han anunciado para combatir la crisis económica y sanear las entidades de crédito. Primero fueron 700.000 millones de dólares, luego otras cantidades de cientos de miles y ahora un billón más. La única diferencia es que los primeros planes eran muy difusos y ahora Obama, a través del secretario de Estado del Tesoro, Timothy Geithner, ha desvelado algunos detalles dando entrada a inversores privados en la operación de rescate de activos tóxicos. En España hemos pasado de un discurso oficial en el que se insistía en la excelente calidad de nuestro sistema financiero a una actitud dubitativa en la que tanto miembros del Gobierno como representantes cualificados del sector dejan caer que puede ser necesaria alguna medida excepcional.
El mundo de los denominados expertos financieros mantiene estos días una enconada disputa alrededor de esta expresión inglesa que en román paladino consiste en la obligación de valorar los activos de los bancos a precios de mercado. Si un banco concede un crédito hipotecario de 300.000 euros por una casa que vale 400.000 no pasa nada. Pero si el mercado se desploma y la casa pasa a valer 200.000 euros, el banco tiene que provisionar 100.00 euros. El banco sigue siendo el mismo y la casa también, pero la ortodoxia de la contabilidad y una elemental norma de prudencia así lo indica. Sin embargo esta obligación está para muchos en el origen de la crisis ya que las entidades financieras, primero de Estados Unidos, y luego del resto del mundo tuvieron que poner de golpe decenas de miles de millones para ajustar sus balances al precio real de los activos que figuraban como garantía de los créditos. Como además nadie se prestaba dinero entre sí había que pagar un sobreprecio por un dinero que sólo tenía una finalidad contable, pero que no iba destinado al mercado productivo. Esa espiral llevó a la ruina a Lehman Brothers y tras este gigante americano, tantos otros. Ahora se plantean, encabezados por el multimillonario Buffett dulcificar la norma y dar a los activos un precio simbólico que ahorre a los bancos esta cascada de provisiones con la excusa de que un bien que no tiene mercado no tiene precio. Ahí está el quid de la cuestión pero nadie sabe a ciencia cierta si será peor el remedio que la enfermedad.
La crisis parece una barrera insalvable para la economía española justo cuando se cumple un año del gobierno Zapatero, pero también es una oportunidad para llevar a cabo cambios estructurales para aumentar la competencia y mejorar la productividad. Una de las reformas pendientes de más calado es la aplicación en España de la denominada Directiva Europea de Servicios que deroga fronteras artificiales y trabas burocráticas. Un claro ejemplo de estas trabas son las diecisiete legislaciones que aplican las Comunidades Autónomas en detrimento de la unidad de mercado. España tiene que adaptar unas 16.000 normas internas a esta Directiva que los técnicos de Economía y Hacienda prevén tener lista para el mes de septiembre. Pero una cosa es la teoría y otra la voluntad política para aplicarla, ya que esta Directiva limita la soberanía nacional y, además, cuestiona el concepto de lo público. El sector servicios es el más importante de la economía española y supone el 68 por 100 del PIB. Este proceso de transposición de la normativa europea pretende modernizar la legislación, incrementar la transparencia y llevar a cabo un ambicioso programa de simplificación administrativa, eliminando barreras, reduciendo trámites y reforzando los derechos de los consumidores. La simulación que ha hecho Economía no tiene desperdicio. Con más libertad y menos burocracia crece el PIB y se genera empleo. La solución a la crisis no pasa sólo por incrementar el gasto público.
El paro es el principal indicador de la gravedad de la crisis económica. Este mes han sido 5.502 nuevos parados cada día. La EPA de abril, previsiblemente, será peor.
El déficit de las Administraciones Públicas ha alcanzado en 2008 el 3,82 por 100 del PIB, con una diferencia entre ingresos y gastos de 41.874 millones de euros. Esta cifra barre de un plumazo todas las previsiones y apunta una vez más contra la línea de flotación de las cuentas públicas. Ya hay predicciones que señalan un déficit este año del 8 por 100, casi tres puntos más que el de Solbes. El presidente del Gobierno ha justificaba la batería de medidas anticrisis basadas en una expansión del gasto social apelando a la consolidación del Estado del bienestar. Pero las cifras son tercas y se niegan a hacer justicia a las buenas intenciones del Gobierno que cosecha derrota tras derrota en todos sus frentes ante los cuatro jinetes del apocalipsis de la crisis: paro, déficit, deuda y solvencia. Más bien parece que lo que se pretende mantener es el bienestar del Estado en esa teoría de que las naciones nunca quiebran, ya que la clase política sobrevive a las peores circunstancias, y ahí tenemos, por ejemplo, los casos de Argentina o Islandia. ¿El Estado? Bien, gracias… Zapatero se prepara ahora para acudir a la nueva cita del G-20 en Londres. Más trasiego de viajes, comisiones de trabajo, dietas, informes, etc. Tendrá ocasión de presentar sus logros en estos tres meses de medidas anticrisis. España, bien gracias…, los españoles no tanto.
Ya hemos aprendido que dos trimestres seguidos sin crecimiento equivalen a recesión. Pero ¿cómo lo llamaremos cuando los trimestres no sean dos, sino tres o cuatro? ¿Y si en vez de trimestres son semestres o años? A veces nos quedamos en tecnicismos que están muy bien para los especialistas y nos olvidamos de la vida. El INE sólo certifica un dato que refleja un camino que ya hemos recorrido. El Gobierno puede decir que todavía en 2008 hemos crecido el 1,2 –y lleva razón– pero el problema es que la tendencia acentúa la caída y con ella el desánimo. Para el trimestre en curso la caída del PIB, según el consenso de los analistas, puede ser superior al 1 por 100, que de mantenerse a lo largo del ejercicio echaría por tierra todas las esperanzas de recuperación.
Tras los apocalípticos mensajes de Obama y Zapatero hay que dar gracias a Dios de que la economía, aunque de forma renqueante, siga funcionando. Bancos y tiendas abren cada día y, aunque con restricciones, atienden a los clientes y despachan sus productos. Los atascos siguen formando parte del paisaje urbano y Madrid se prepara para tres grandes ferias de arte con todos sus hoteles llenos. Casi podríamos decir que la vida, a pesar del Gobierno, sigue su curso. Los políticos lanzan billones de euros o dólares con la mayor naturalidad y cada vez apelan más al esfuerzo colectivo lo cual no es más que reconocer el fracaso propio en su alocada carrera contra la crisis. Si fuera verdad -y ojalá fuera así- el éxito de todos los planes y medidas que ayer citó Zapatero en el Congreso viviríamos en el mejor de los mundos a partir de marzo. Las pymes, las familias, las empresas, los parados, la banca…, todos verán colmadas sus aspiraciones. Por contra Timothy Geithner, nuevo secretario del Tesoro en EEUU, dice que estamos ante una crisis de confianza, de capital, de crédito, de consumo y de demanda… y que las medidas que se proponen agotan ya todo el arsenal disponible.
La crisis económica no la sufren los políticos, ni los funcionarios, ni los sindicatos, ni los pensionistas, ni los que mantienen su puesto de trabajo y, como mucho, pueden ver congelado su sueldo este año. Las consecuencias de la crisis las viven los empresarios –no los ejecutivos de las grandes empresas– que se juegan su dinero y que están atrapados entre proveedores y bancos. Pero la crisis quien de verdad la sufre es el parado. Doscientos mil cada mes engrosan la cola del desempleo y ya se le ven las orejas al lobo de los cuatro millones a razón de seis mil seiscientos cada día. Si en febrero, otro mes estadísticamente malo, se repiten las cifras de enero, se habrán alcanzado los tres millones y medio, y aunque a partir de marzo se atenúe la caída del empleo con el plan de choque del Gobierno a través de las obras públicas en los municipios, las contrataciones de Semana Santa y las estivales, todo apunta a que a principios del otoño –si no antes– se alcanzarán los cuatro millones de parados. ¿Y entonces qué? ¿Seguirá el Gobierno echándole en cara a la banca que no concede créditos o repetirá que hay que arrimar el hombro? ¿Pero no habíamos quedado en que el sistema financiero español era el más sólido del planeta y el propio José Luis Rodríguez Zapatero lo puso de ejemplo en la cumbre celebrada en Washington?

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